Las bibliotecas públicas lo están pasando de verdad mal con esta crisis. Me dirán que como otros muchos sectores, tanto dentro como fuera de la cultura. Y les responderé que eso es cierto, pero que este en concreto se está llevando un verdadero vapuleo.
La compra de libros con destino a bibliotecas ha caído en más de un 40% este año. Un dato nefasto, pero que era solo el anticipo de lo que está ocurriendo por toda nuestra geografía. En Albacete les reducen el dinero de forma drástica. En Gijón también, en su caso para dotar con ese dinero a un festival de nueva creación. A la Biblioteca de Cataluña, otrora proyecto estrella, le han dejado con un tercio del presupuesto que tenía hace cuatro años, lo que en la práctica le reduce a poco más que una carcasa…
¿Para qué seguir? Qué duda cabe que, como toda crisis, también puede traer algunas consecuencias positivas. Por ejemplo, liquidar duplicidades fruto de la vanidad de las distintas administraciones. Eso es lo que dicen que va a ocurrir con la Comunidad de Madrid, que trata de pasar sus bibliotecas al Ayuntamiento.
Pero en general esto es un naufragio en toda regla. Y a la vista del panorama uno no puede por menos que preguntarse si en este tema –como en tantos tocantes a Cultura- las administraciones públicas tienen las ideas claras. Si saben lo que quieren y a dónde se dirigen con sus actuaciones.
Es vistoso inaugurar nuevas bibliotecas en fábricas y establecimientos antiguos, cuando no los dedican a espacios escénicos. Pero ahora que vienen las vacas flacas están recortando sin contemplaciones. Tal vez porque mantener bibliotecas no da tanto rédito mediático como inaugurarlas a bombo y platillo.
Pero las bibliotecas públicas no están para que los políticos de turno se ganen 30 segundos en la televisión autonómica. Son piezas clave para mantener una cultura «de base», en garantizar la igualdad de oportunidades en el acceso a la cultura, en abrir cauces para llegar a información especializada y académica… Así lo demuestran los más de 36.000.000 de consultas a libros y publicaciones realizadas en bibliotecas públicas durante 2010. Treinta y seis millones nada menos.
Con recortes brutales que llegan a veces hasta el 70% del presupuesto, los daños son obvios. Pero además del desastre en lo cultural, hay otros daños colaterales y derivados.
De entrada, si se adquieren menos volúmenes con destino a las bibliotecas, el sector editorial se resiente. Eso es de cajón. La cifra arriba apuntada de 36 millones de consultas, así como las 6.601 bibliotecas existentes (dato del INE para 2008) indican hasta qué punto este segmento es importante para el negocio editorial.
Pero además, desde 2007 existe un pago que han de efectuar las bibliotecas a los autores como compensación por el préstamo. En realidad tal obligación se extiende a museos, archivos, bibliotecas, hemerotecas, fonotecas, filmotecas, etc. Así lo establece la Ley de la lectura, del libro y de las bibliotecas, de 22 de junio de 2007. Esta ley fija excepciones (como las bibliotecas que presten servicios a municipios de menos de 5.000 habitantes). Dispone también que la distribución de esa compensación se hará a través de las respectivas sociedades de gestión de derechos colectivos.
En el caso de las publicaciones y las bibliotecas, CEDRO es la entidad que se ocupa de la recaudación y reparto. Y en estos días tocaba el tercer reparto; el correspondiente a lo ingresado por el año 2009. Digo «tocaba» porque la semana pasada CEDRO anunció que se suspendía. ¿El motivo? Que se han recaudado menos de 50.000 euros. Eso, entre los 36 millones de préstamos da ni a céntimos. Una cifra muy baja se debe en parte a la disminución de compras por parte de las bibliotecas. Pero sobre todo a que las administraciones e instituciones no están pagando.
En realidad, esto de las compensaciones por préstamo no ha llegado a cuajar. Ya hemos dicho que este era el tercer reparto. En el primero, correspondiente al 2007, se recaudaron 489.978 euros. Pero en esa ocasión, por ser la primera vez, fue el ministerio de Cultura el que aportó la suma.
Para el reparto del 2008, cuando ya tenían que pagar los interesados y no papá estado, solo se recaudaron 180.420 euros. Un 63% menos. Fue así porque solo pagó una minoría. El ministerio de Cultura, las comunidades madrileña y navarra, la diputación foral de Guipúzcoa, alguna institución privada y poco más.
Y ya este año… este año no ha pagado ni Dios. ¿Para qué iban a hacerlo, si se pueden saltar la ley sin sufrir consecuencia alguna? Como siempre, hay dos varas de medir, dependiendo de si hay que aplicar las leyes a administraciones o a ciudadanos.
Y en el tema de Cultura empieza a ser la tónica por parte de algunas administraciones. No pagar en unas ocasiones y en otras apropiarse del dinero ajeno. Y si no que se los digan a unas cuantas compañías teatrales, que han visto cómo ayuntamientos se quedaban sin pestañear con el total de la recaudación por sus actuaciones.
La compensación por préstamo pretende justo eso: compensar a los autores por la merma de ventas debida al préstamo de libros y publicaciones. Esa disposición en la Ley de la lectura, del libro y de las bibliotecas da trasposición a la legislación española de una directiva europea. Es discutible, como casi todo en esta vida. De hecho ha sido bastante contestada y algunos casi la ven como una hermana pequeña del llamado «canon digital». No vamos a discutir aquí tampoco sobre esto.
Lo que no es discutible es que las leyes están para cumplirlas. Ni que en esto han de dar ejemplo las administraciones públicas. Justo las que a menudo las incumplen sin el menor sonrojo. Y en esto tenemos un ejemplo. Uno de tantos.
Me dirán que la suma no llega al medio millón de euros. Nada comparado con las dádivas de última hora que anduvo repartiendo la ministra de Cultura en funciones. También dirán que, a repartir (según número de consultas y obras) entre más de 25.000 escritores y traductores, este incidente no va a arruinar a nadie. Bueno, de entrada ese dinero era suyo. Y a más de uno le venían que ni pintados esos euros para cubrir algún gasto de cara a las Navidades.
Las cifras mencionadas en esta entrada serán poca cosa. Pero recuerden aquella fábula del camello y la paja. En muchos sectores productivos, entre ellos la Cultura, hay muchos españolitos que son como el camello. Aguantan como pueden mientras cae sobre ellos una lluvia de hebras de paja. Hebras que se van acumulando sobre ellos y forman una carga cada vez más pesada. Algún día, como en la fábula, caerá otra brizna, solo una más, y la columna del camello, incapaz de soportar tanto peso, se romperá como el cristal.




[...] Por fin ahora leemos que: [...]